"Debemos huir de la idea de autocomplacencia que pueda asociarse al acto solidario y centrarnos en el hecho desesperado de aquellas personas que lo necesitan para sobrevivir." T.S.
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9.5.16

A sólo 10 kilómetros.

De algún modo, teníamos contraida una deuda con los niños de ESIL, al haberle dedicado un cuento a las niñas. En realidad este cuento iría dedicado a todos los niños, de cualquier lugar y tiempo, que tienen que realizar un esfuerzo extra para ir a la escuela.

A sólo 10 kilómetros.

Anxo y Tendaji eran dos niños que no se conocían; ni siquiera sabían de la existencia del otro. Vivían separados por los más de 8000 kms de distancia entre Galicia y Mozambique. Para Anxo, Mozambique era poco más que un retal en el sur del mapa de África y, tal vez una posible pregunta de un examen de Geografía. Tendaji tan sólo sabía que Galicia era un lugar de España, país del Norte, del que había venido Susana, la nueva profesora.
Dibujo: R.F.G 2016
Como todos los día de colegio, aquella mañana Anxo había madrugado lo justo. Lo justo para asearse, desayunar unas galletas con colacao y salir pitando, para no perder el bus que lo llevaba al colegio Santa María del Mar en poco más de 15 minutos. Durante el trayecto aprovechaba para charlar con los compañeros o repasar los deberes para ese día.
Tendaji, muy lejos de allí, también había tenido que madrugar. De hecho, se había levantado bajo el mismo cielo estrellado con el que se acostara. Bebía un sorbo de leche fría de cabra y un trozo de torta de maíz, al mismo tiempo que se guardaba otro para el camino que tenía por delante. Cuando salió, aún no cantaban los pájaros y la naturaleza parecía dormir plácidamente esa mañana. Se puso a andar a buen ritmo. Le esperaban por delante unos 10 kms., por senderos y cruzando alguna “machamba”*, para llegar a la Escòla San Inàcio de Loyola de Satemwa. Tenía, además, que llegar con el tiempo suficiente para, junto con los compañeros, preparar la clase antes de que llegara el profesor.
Durante el trayecto de casi dos horas, iba repasando mentalmente aquellas frases nuevas en portugués que le enseñaran el día anterior, comprobando que seguía sabiendo hacer de memoria operaciones matemáticas. Y siempre con la ilusión de llegar a saber tanto como sus profesores.

Así era, más o menos, el día a día de dos niños en busca de su futuro. También estaban eses otros días, los menos, que cada uno esperaba con ilusión para poder hacer lo que los niños quieren hacer: disfrutar de su entorno como ellos sólo saben hacer. Y sobre todo, no tener que madrugar.

Uno de esos días Anxo tuvo que madrugar. No le costó mucho, incluso se levantó un poco antes de lo previsto. Iba a ver a su abuelo Agus, que vivía lejos de la ciudad en una aldeita de la montaña gallega. Le había prometido ir con él hasta la vieja escuela, a la que Agus fuera de niño con apenas 8 años. Les llevaría todo el día. Recordaba el abuelo, que de pequeño iba a ella andando solo, por prados y “corredoiras”*, a primeras horas de la mañana y no volvía a casa hasta media tarde. Entonces sus deberes eran ayudar a las labores de casa, como recoger el ganado del campo o limpiar las cuadras. Y eso después de cerca de dos horas de buen caminar de ida y otros tantos de vuelta. Anxo sabía que esta caminata juntos era la máxima ilusión del abuelo. Y él iba a cumplírsela. ¡ Qué feliz se sentía por ello!
Foto: Machamba`2016
Tendaji también había madrugado ese día más de lo acostumbrado. Era un día muy especial para él y su familia. Tenía que ir a la escuela, aunque no había clases. Iría además con más ánimo si cabe que cualquier otro día. Allí estaría Susana, la nueva profesora venida de ese país del Norte, esperándole. Le había prometio ella que un día harían juntos ese largo trayecto, que Tendaji hacía dos veces cada día de escuela. Era un honor para su familia que fuera a pasar unos días con ellos en el poblado. Y para él suponía el reconocimiento a su esfuerzo diario para asistir a la escuela. Había hecho honor a su nombre Tendaji, que en suajili siginificaba “el que hace que las cosas sucedan”. Lo había conseguido. ¡Qué felicidad. Serían los 10 kms más maravillosos de su vida!

Para Tendaji y para Anxo, esos más de 8000 kms que los habían separado, se habían convertido en un camino de esperanza e ilusión, que los uniría para siempre, de apenas 10 kms de distancia a la escuela. 

*Machamba en suajili significa “campo de cultivo”
Corredoira en galego significa “camino estrecho”
EV2 (2016)

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